Resulta obvio pensar que, hablando de productos agrícolas o alimenticios, las características geográficas de cada lugar —suelo, temperatura, humedad, altitud sobre el nivel del mar y clima— se reflejan en el sabor, el color y la calidad de los ingredientes, y que los factores humanos —tradición, especialización en determinado arte u oficio— y la utilización de ciertos procesos en la elaboración de cada región, otorguen un carácter distintivo al producto final. Cuando estos principios son constantes y regulados, podremos hablar de Denominación de Origen —DO.
por José Ángel Blandón Jolly
Cuando los pueblos del Mediterráneo aprendieron a cultivar
el olivo y la vid, dejaron de ser salvajes.
Tucídides
Desde la Antigüedad, la humanidad ha producido vino durante miles de años y, de la mano de la civilización, la viticulture y la vinificación se hicieron totalmente sofisticadas en Egipto, entre los años 3100 y 2700 a.C. En los tapones de las vasijas que contenían vino de este periodo, se han encontrado jeroglíficos que significan «uva, viñedo o vino». Estos logogramas y otros signos, constituyen las más tempranas etiquetas del mundo.
Más tarde, en Malakata —al oeste de Tebas— en el palacio de Amenhotep III, fueron halladas unas 1 400 ánforas que datan del 1350 a.C., que alguna vez contuvieron carne, cerveza, grasa, aceites, leche, miel, incienso, frutas, y vino. A excepción de la carne, este último fue la más frecuente mercadería enlistada en los ostraka —285 piezas; es decir, 20 por ciento del total.
Degustando una copa de su vino favorito puede continuar leyendo Algarabía 73.

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