—primera de dos partes—
¿A quién, simple mortal o gran potentado, legislador con fuero o pequeñoburgués, no le gustan los relojes? En la historia de esos objetos que miden un tiempo que resulta inalcanzable para muchos, se entreteje, segundo a segundo, la historia del loable esfuerzo humano por contabilizar el tiempo… ¿o será el del inútil intento de retenerlo en una cajita que se ata a la muñeca?
por Hugo Masse Torres
Cuando los ciclos naturales —la aparición regular de algunas estrellas, las estaciones del año, los meses lunares, el día y la noche— no fueron suficientes y tuvimos necesidad de una medición exacta y sobre todo consistente de lapsos más cortos, a los humanos nos dio por crear instrumentos para tal fin.
Uno de los primeros fue el reloj de sol, tan simple como procurar que nuestra estrella proyecte la sombra de un gnomon —que no es un gnomo gigante sino un monolito, también llamado «estilo»—, para marcar en el suelo su trayectoria y señalar puntos equidistantes.
El sistema funciona bien para medir la hora solar local y, si se cuenta con al menos uno para cada estación del año, tanto mejor; otras versiones sólo necesitan un rayo de luz que recorra las paredes de una habitación. Sin embargo, en días nublados o de noche, el reloj solar resulta irregular o inútil….
Que no se le haga tarde para leer en Algarabía 73 de estas causas y azares.


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