Yo no tengo acento: eso es lo que pensamos cuando nos oímos hablar o cuando oímos a los que viven cerca de nosotros. Pero eso es un gran mito: el acento del habla define y comunica a todos de dónde somos.
El acento es el mapa que los oyentes perciben para saber dónde nació, creció o vivió alguien, si es hombre o mujer, si es joven o viejo, si ha viajado, si fue o no a la escuela, si tiene alguna profesión e incluso si es chaparro o alto, gordo o flaco o cómo se siente en ese momento. Y en ese sentido, todos, absolutamente todos, tenemos acento. Aunque éste sea más patente cuando viajamos o encontramos una persona de un lugar distinto. Así, lo que llamamos acento —aunque es una serie de características que se perciben como una sola: entonación, pausas, prosodia, tono, entre otras— es relativo, en el sentido de que lo podemos oír en otros pero no en nosotros y es más un asunto de aceptación social que un asunto lingüístico.


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