Entre las letras existe una auténtica fauna de signos y florituras que aderezan la escritura, jerarquizan, dan énfasis o pausa, dividen o exigen una entonación distinta: guiones, comillas, paréntesis, etcétera. ¿De dónde surgieron estos habitantes tipográficos?
por Leonardo Vázquez
Las letras que felizmente empleamos todos los días en nuestras computadoras y equipos de comunicación son el resultado de siglos de historia y de modificaciones en sus formas, algunas de índole cultural —como la creación de símbolos para nuevos sonidos o una escritura más veloz— y otras de tipo técnico, más usuales— las que obedecen a la impresión mecánica, por ejemplo.
El alfabeto latino[1] —cuyo origen se remonta a la escritura cuneiforme, pasando por los fenicios, los griegos y, por último, los romanos[2]—, originalmente consistía sólo en letras mayúsculas, y tiene una primera gran modificación con la creación de las minúsculas.
Esto sucedió bajo el gobierno de Carlomagno —entre los años 768 al 814—, y a este estilo de escritura se le llamó «carolingia».[3] En el siglo XIV, la escritura y el alfabeto sufrieron otro cambio con la invención del tipo móvil y de la impresión mecánica a manos de Johannes Gutenberg.
Este hecho tuvo muchas repercusiones, como la invención del libro y, a partir de éste, la creación de las bibliotecas y librerías, y todo lo que la «cultura libresca» ha traído consigo.
Entre los siglos XVII y XVIII puede decirse que tuvo lugar la «época de oro» de la tipografía. En ella nacieron y trabajaron los grandes tipógrafos: Nicolas Jenson, Claude Garamond, William Caslon, Giambattista Bodoni y muchos otros que se encargaron de refinar y perfeccionar el arte tipográfico.[4] Hoy, y sobre todo gracias a la computadora, tenemos a nuestro alcance las familias tipográficas que éstos crearon —y otras miles más— para personalizar nuestros trabajos cotidianos; pero, a pesar de esto, poco sabemos de ellas y de otros demás símbolos disponibles junto con los alfabetos en mayúsculas y minúsculas. A continuación se mencionarán algunos signos ortotipográficos más allá del punto, la coma, el punto y coma y los dos puntos.
— – - Las rayas o guiones
Son tres: guión largo (—), guión corto (–) y signo menos (‑) —en inglés m dash, n dash y minus—. Estos símbolos tienen una función muy útil y clara: indicar interlocución, acotación o corte de palabras. El primero en utilizar formalmente un guión tipográfico fue Gutenberg en su famosa Biblia, cuyo texto estaba justificado y esto obligaba al corte silábico de palabras.
El guión corto —o n dash—, tiene el ancho de la letra n de la familia usada; algo similar sucede con el guión largo —o m dash—, aunque es recomendable que sea un poco más largo que la m para evitar confusiones; primo cercano de estas rayas es el guión bajo (_) —underscore— que normalmente tiene el ancho del guión corto.
“» Comillas[5]
Existen las comillas inglesas (“ ”) y las francesas (« ») también llamadas guillemets, en honor de quien se cree que las inventó: Guillaume Le Blé, célebre tipógrafo francés del siglo xvi; también existen las comillas alemanas (, ‘). En los tres casos existen las comillas sencillas (‘ ’) y las dobles (“ ”), y se usan unas dentro de otras en una oración para indicar jerarquía en la estructura de la misma. Por convención, en México se usan las comillas inglesas más comúnmente que las francesas, ya que desde el siglo xix tendemos a copiar los usos y formas estadounidenses más que los europeos.
(){}[] Paréntesis, llaves y corchetes[6]
Estos caracteres aparecen entre los siglos XVI y XVII. Los tres se emplean como señaladores en un texto, encerrando a lo que se hace referencia, y son de uso común en la notación matemática. El historiador Florian Cajori afirma que la primera aparición de los paréntesis es en el General trattato di numeri e misure de Nicolo Tartaglia, en 1556, mientras que otras fuentes se lo adjudican a Michael Stifel en su Arithmetica integra de 1544. Los corchetes son prácticamente sus contemporáneos, ya que aparecen por primera vez en 1550, en un tratado de álgebra de Rafael Bombelli.[7]
¶§ Calderón
Algunos de los elementos ornamentales tipográficos son tan antiguos como los libros incunables.[8] Antes de la imprenta, los copistas dejaban espacios en blanco en las páginas para decoraciones en las capitulares, o bien, para marcar separadores entre párrafos que indicaran el ritmo de la lectura; esta costumbre se conservó en la época de Gutenberg, y uno de los símbolos que se usaban era el calderón, cuyo origen se remonta a la Edad Media, cuando se escribía con tinta roja —costumbre que se conservó hasta la mecanización de la imprenta. También se usaba el símbolo § que es la fusión de dos letras s, y una abreviación del latín sinum sectionis.
Hoja de hiedra —o florón—
La hoja de hiedra —hedera, en latín— tiene un pasado remoto: los primeros ejemplos de esta marca se pueden observar en inscripciones romanas de la segunda mitad del siglo I. Se cree que es una evolución del punto romano que se hacía en piedra, cuando había abreviaturas de palabras, y se tienen registros de que se siguió usando en la Edad Media como elemento ornamental, hasta su forma en metal, cuya primera aparición fue en 1499 en una publicación de la imprenta Aldina.[9] Siempre se utilizó como decoración —al inicio y al final de títulos, por ejemplo—. En el siglo XVIII, los ornamentos como las grecas, cruces, capitulares, plecas y, desde luego, los florones, cobraron mayor protagonismo con Simon Fournier y se convirtieron en elementos puros de composición, pero no son esenciales a la familia tipográfica.
Manos —o puños—
Una mano que señala es sin lugar a dudas la mejor forma de marcar una dirección o algo en el horizonte. Las primeras muestras de «manitas» —o puños, en el argot de los impresores antiguos— existieron en manuscritos de la Edad Media. Desde su origen, se emplearon para indicar una nota o un pasaje que se desarrolla; posteriormente, en el siglo XVI se usaron como elementos decorativos, pero por su condición de indicadores, llamaban demasiado la atención. Los puños dan fe de la destreza de su creador y de la época en la que fueron creados, si observamos las ropas que se ven en su muñeca: guantes, holanes, hasta saco y camisa contemporánea.
Leonardo Vázquez es diseñador editorial y tipógrafo. Realizó una especialización en tipografía en el Atelier National de Recherche Typographique, en París. De vuelta en México, trabajó para varias editoriales, y fue jefe de diseño de la revista Artes de México. Ha diseñado diversas fuentes tipográficas y actualmente combina el trabajo editorial y tipográfico en su estudio macizo.com, y su fundidora tipográfica macizotype.com
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[1] El lector podrá consultar Historia de las letras, libro próximo a publicarse en la Colección Algarabía.
[2] v. Algarabía 9, julio-septiembre 2003, Arte y creatividad: «De la piedra al papel»; pp. 44-47.
[3] v. Algarabía 3, enero-marzo 2002, Diseño: «Alcuino, Carlomagno y las minúsculas»; pp. 29-32.
[4] v. Algarabía 39, octubre 2007, Íconos y grafías: «Entre tipógrafos te veas»; pp. 60-64.
[5] v. Algarabía 43, marzo 2008, Íconos y grafías: «El apóstrofe entre comillas»; pp. 48-50.
[6] Vea también «Entre paréntesis», de María del Pilar Montes de Oca Sicilia, en El manual para escribir bien, México: Editorial Lectorum y Otras Inquisiciones, 2009; pp. 41-46.
[7] Florian Cajori, A History of Mathematical Notations, 1928.
[8] Los incunables fueron los primeros libros impresos que datan entre 1453 —fecha de la invención de la imprenta— y 1500. El término incunable —del latín incunabulae, ‘en la cuna’— es una manera de decir que los libros están «en su primera infancia».
[9] Ubicada en Venecia y fundada por el impresor italiano Aldo Manucio.

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