#110

La muerte les sienta bien

A algunos «la muerte les ha sentado bien», algo parecido —pero no igual— a lo que el escritor español Javier Marías llama el «síndrome o complejo Kennedy- Mansfield».

Pedro Infante no ha muerto, vive
en el corazón de todos los mexicanos». ¿Cuántas veces hemos oído esa frase? Hace tiempo conocí a un vendedor
de discos Peerless que le decía «San Pedrito» porque era «venta segura».


Y es que desde el 15 de abril de 1957
—día en que su avión se cayó en Mérida, Yucatán—1 Algarabía 72, septiembre 2010, Semblanzas: «Pedro Infante: cada día está más guapo y cada día canta mejor»; pp. 54-61. hasta hoy, sus discos se siguen vendiendo y revendiendo, y sus películas se ven sin parar.

No cabe duda de que a Pedro Infante como figura, como ícono, como ídolo, la muerte «le sentó muy bien», porque si bien era ya una estrella, su final sorpresivo, aparatoso, accidental y trágico lo consagró, y no podríamos imaginar qué hubiese pasado si lo hubiéramos visto envejecer y deteriorarse en, quizá, unos churros inmundos —a la manera de Tin Tan y Cantinflas—, o peor aún, en telenovelas —¡horror de los horrores!—, como Luis Aguilar, Tito Guízar y otros de sus contemporáneos. De haber sido así, Pedro Infante no sería lo que es, lo que representa, un símbolo nacional que murió en la cúspide de su carrera y que quedó estampado en la mente de los mexicanos como «el ídolo inmortal».

¿Quiénes más han compartido este destino? ¿Cómo podríamos dilucidar su relevancia como personas y como íconos? Porque cuando hablo de que a algunos «la muerte les ha sentado bien» me refiero a algo parecido —pero no igual— a lo que el escritor español Javier Marías llama el «síndrome o complejo Kennedy- Mansfield», que tiene este nombre precisamente porque, como él dice: «Poco importa lo que llevara a cabo el presidente John F. Kennedy durante su breve mandato ni con anterioridad; poco las ilusiones y expectativas que despertó: su asesinato fue tan chillón que, por así decir, es lo primero que se asocia con su persona y tiñe o borra lo demás. A Kennedy se lo cargaron en Dallas, eso es lo único que, al cabo de tantos años —pero desde hace ya muchos—, permanece en la memoria colectiva de la gente. Se podría afirmar que su biografía ha quedado reducida a su ultimísima escena a causa de lo llamativo de ésta».2 Y al complejo, le agrega el apellido Mansfield por Jayne Mansfield, pues la muerte de esta protuberante actriz, en 1967 —al estrellarse el automóvil en que viajaba con la parte trasera del remolque de un camión—, la dejó marcada como «la estrella de la tragedia».

Este «síndrome Kennedy-Mansfield», de acuerdo con el escritor madrileño, «reduce a la figura en cuestión al momento de su muerte». Algo así como lo que le pasó al candidato priista Luis Donaldo Colosio en 1994, quien probablemente no hubiese pasado a la historia de México sino como un político más, pero cuyo asesinato en Tijuana lo hizo permanecer en la historia como un «mártir».

La muerte ayuda a la fama, no cabe duda, le da caché a
la figura, le da cabida en la posteridad incluso a figuras que no hubieran tenido sitio en ella, y la mayor parte de las veces diseca al personaje, lo deja inmóvil como en una fotografía o en un cuadro, y eso es precisamente lo que le pasó a Infante, que, si no entra clavado en el «Síndrome Kennedy-Mansfield», sí en el síndrome
de «la muerte le sienta bien».

María del Pilar Montes de Oca Sicilia, como todos, le teme a la muerte y por eso trata de disfrutar todo en esta vida. Agradece a la prosa de Javier Marías el haberle dado la idea para crear este artículo y le desea larga vida.

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